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Se cumplen este año 100 años del nacimiento de un artista, de un hombre inspirado por los paisajes de Lanzarote, de un genio que logró mostrar al mundo la belleza oculta de la isla volcánica. El próximo 24 de abril, Lanzarote celebra el centenario de César Manrique.

 

César Manrique nació en Arrecife, a orillas del Charco de San Ginés el 24 de Abril de 1919. Un hermano y dos hermanas le acompañaron en su niñez y fueron partícipes de la facilidad del artista para el dibujo.

Su curiosidad era cubierta cada día gracias a su aprendizaje en las labores artesanales que se sucedían en torno al Charco de San Ginés. Hojalateros y carpinteros de ribera le mostraron cómo con destreza manual podían darse diferentes formas tanto a la madera como al metal. Durante años se dedicó a garabatear, pero fue en sus estancias veraniegas en la Caleta de Famara donde la belleza de lo natural lo cautivó, hasta tal punto que unos meses antes de morir en el discurso de inauguración de la Fundación pronunció estas palabras:

“Me llena hoy la memoria el recuerdo cercano de la infancia. Se me agolpan en la nostalgia y en la alegría aquellos veranos salvajes de la Caleta, donde toda la luz era mi posesión y el mar llenaba cada día los ojos salinos y pescadores de Feliciano. Me llega hoy a la memoria el Atlántico, maestro mío, lección suprema y constante de entusiasmo, de pasión y libertad”.

La infancia de César Manrique

Pero volvamos a su infancia… Sus amigos lo describen como un chico creativo, con mucha imaginación y gran interés en asuntos que a los chicos de su edad poco le interesaba. Sentía especial admiración por artistas del calibre de Picasso, Matisse y Braque.

En 1936 llega a Lanzarote la familia Millares y César establece amistad con los más jóvenes de la familia que procedentes de Gran Canaria traían información sobre el arte y la cultura, por primera vez César comenzaba a compartir inquietudes artísticas.

Tras su paso por la guerra civil, en 1939 comienza su amistad con Pancho Lasso con el que mantiene largas conversaciones sobre arte. Por esa época, su padre le envía a Tenerife a estudiar arquitectura técnica con el fín de que se olvide de su faceta más artística y su amor por la pintura, pero la estancia en Tenerife reafirma su vocación de pintor, abandonando definitivamente la facultad de arquitectura.

En 1942 expone por primera vez de manera individual en los salones del Cabildo Insular, y en 1944 lo hace junto a otros artista en el Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid. Sus obras se centraban en escenas marineras y campesinas en las que frecuentemente incluía la arquitectura tradicional de la isla.

En 1945 tiene la suerte de ser becado y comienza su aventura en Madrid ingresando en la academia de Bellas Artes de San Fernando. Años más tarde contrae matrimonio con Pepi Gómez con quien mantiene una relación sentimental hasta su fallecimiento en 1963.

 

Su sueño se ve cumplido al ver su máximo deseo de juventud hecho realidad, vivir de su trabajo creativo y que a su vez esto le permite viajar y conocer mundo, otra de sus grandes pasiones.

En 1964 da el gran salto y se traslada a vivir a Nueva York, una ciudad que en esos momentos estaba en pleno apogeo cultural. Es en esta ciudad donde más aprendió, pero donde se dió cuenta definitivamente que Lanzarote era su espacio, su isla, o como él dijo.. “En Lanzarote está mi Verdad”.

En 1968 vuelve definitivamente a la isla, y muestra su preocupación ante la avalancha turística que sufre. La isla estaba inmersa en un cambio en su economía y todo se dirigía hacia una economía centrada en el sector turístico. César vió más allá y afirmó que tanto el valor natural como la belleza paisajística de la isla tenían una fragilidad extrema y había que intervenir el territorio de manera coherente.

Su gran idea fue vincular en un mismo proceso la producción de elementos para el consumo visual del turista y la conservación del paisaje. El compromiso artístico y ético que el artista adquirió con Lanzarote hizo que su arte alcanzará caminos que nunca se había planteado. De ahí surgieron ideas como los Jameos del Agua, el Mirador del Río o el Jardín de Cactus.

Durante años luchó y trabajó por sacar la cara más hermosa de la isla, y frenar la creciente construcción de alojamientos hoteleros.

 

En 1992 y debido a un fatídico accidente de tráfico el artista perdió la vida. Siempre estaremos agradecido a César por su labor incansable, por ver en Lanzarote más que piedras y volcanes, y por ayudarnos a mostrar al mundo la belleza incalculable de esta isla, su isla.

 

¡¡Gracias, César!!

 

 

Fotos:
Fundación César Manrique
Turismoyculturadecanarias.es
Revistacanarii.com

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